EL DISCURSO-ORACIÓN
DE ZAPATERO
Pedro Trevijano, sacerdote
He escuchado el video sobre el Discurso Oración de Zapatero. En él ha
citado Deuteronomio 24,14-15, pero sin el final de este último versículo que
dice así: «De otro modo clamaría a Yahvé contra ti o tú cargarías con un
pecado». Si no cree en Dios ni en el pecado para mí ha hecho bien con ese
recorte. Hay otras cosas que me han gustado, como el que mencionase la palabra
España y el que somos una nación, su llamamiento a la solidaridad, su
referencia a Haití. Son cosas que me agradaría oírle más a menudo y, sobre
todo, que las diga en España, porque soy uno de los muchos españoles que cree
que a nuestro Presidente España no le importa absolutamente nada, pues le veo
totalmente supeditado a los nacionalistas separatistas, y estoy convencido que
a él sólo le importa José Luís Rodríguez Zapatero.
Su referencia al problema del paro me ha parecido por ello un lugar
común. No puedo olvidar su ignominiosa campaña electoral, cuando engañó a
muchísimos españoles diciéndoles que no iba a haber crisis, cuando ya estábamos
inmersos en ella y en sus mítines se veían detrás de él los carteles anunciando
que iban a por el pleno empleo, evitando así el tener que tomar iniciativas que
le hubiesen seguramente quitado votos, pero es ahí donde se ve al estadista que
sabe anteponer los intereses nacionales a los suyos. Atacando a la crisis desde
el principio y sin perder un montón de tiempo, hoy nuestra crisis sería mucho
menor de la que es. Siempre me ha molestado el político que miente, porque no
puedo por menos de pensar que se está riendo de mí y del pueblo.
Pero mi mayor motivo de discrepancia es que ha reincidido en una frase
que suena bonita, y que hace tiempo dijo en un mitin de las Juventudes
Socialistas: «La libertad os hará verdaderos». Ya desde la primera vez pensé
que era una tontería más suya al intentar contradecir a Jesucristo, cuya
expresión es exactamente la contraria: «La Verdad os hará libres» (Jn
8,32). Y es que es la fidelidad a la verdad la que es garantía de la libertad y
del desarrollo humano integral.
Pero luego me fui dando cuenta que el asunto es más serio de lo que a primera
vista parece. En la sociedad actual se presentan como igualmente fuertes el
deseo de una plena felicidad y de una libertad ilimitada, o sea de poder obrar
según el propio albedrío, desvinculado de toda norma. A eso
ha hecho una hábil referencia cuando ha hablado de autonomía moral, que puede
entenderse de muchas maneras, pero que en la mentalidad laicista y relativista
de nuestro Presidente del Gobierno, la dignidad de la persona humana exige que
ésta no deba aceptar ninguna norma que le venga impuesta desde fuera, sino que
sea ella misma quien determine libre y autónomamente lo que considera justo y
válido.
Ahora bien el problema de este hacer que cada uno de nosotros sea su
propia autoridad suprema, es que nos encontramos con el subjetivismo y la no existencia
de reglas generales universalmente válidas, por lo que es fácil, al no haber un
orden moral objetivo, el caer en las mayores aberraciones. Hago lo que quiero,
y soy yo quien decide. Pero con ello es muy fácil que en nuestro encuentro con
los demás no respetemos el principio jurídico que mis deberes son los derechos
de los demás hacia mí y mis derechos, los deberes de los demás hacia mí. En
pocas palabras que como soy yo el que decide lo que es justo, verdadero y
válido, haré lo que me parezca más conveniente, aunque ello me lleve a aplicar
la ley del más fuerte. Las consecuencias para la convivencia son desastrosas.
Está claro que tiene que haber unas normas de convivencia, pero como
Dios no existe ni tampoco el Derecho Natural con su orden moral objetivo,
tenemos que buscar en algún otro sitio los fundamentos de nuestra coexistencia.
Por ello a alguien se le encendió una lucecita: «Como somos demócratas, el
fundamento de todas nuestras leyes y de nuestra convivencia debe ser la
voluntad popular». ¿Y cómo sabemos cuál es la voluntad popular? «Pues muy
fácil, lo que decida el Parlamento». Con lo cual, evidentemente, ya no soy yo
quien decide y mi libertad plena y total desaparece. Es curioso como los
defensores de la libertad a ultranza acaban destruyendo la libertad.
Todos sabemos cómo funciona el Parlamento y que en muchos partidos no
existe la libertad de voto y ni siquiera se admite, como está pasando con la
ley del aborto, la objeción de conciencia. Si soy diputado de estos partidos,
debo simplemente obedecer y votar lo que se me manda, aunque vaya contra mi
conciencia, porque como se dijo en cierta ocasión: «El que se mueva no sale en
la foto», aunque en esta ocasión se trate de escoger entre mi fe y mi opción de
partido, Está claro que la frase: «La libertad os hará verdaderos», no nos
conduce ni a la verdad, pues la ideología prima hasta el punto que, al
contrario de lo que sucede con los filósofos creyentes, para quienes contra el
hecho no valen argumentos, aquí es la realidad la que debe ponerse al servicio
de la ideología, incluso aunque haya que distorsionarla; ni tampoco nos conduce
a la libertad, como se pretende hacer con los diputados e incluso con el
personal sanitario, no admitiéndoles que puedan ser objetores de conciencia.
Es decir, uno acaba sustituyendo la obediencia a la Iglesia, que por
supuesto no me ordena nunca actuar contra mi conciencia, y respeta así mi
libertad responsable, por la sumisión total y totalitaria a mis dirigentes
políticos, que pueden mandar también sobre mi conciencia. Ello es el
envilecimiento total de quienes actúan contra su conciencia, pero sobre todo de
los gobernantes. Por ello este discurso oración de Zapatero, aunque tiene
algunos elementos positivos de los que carecen muchos otros suyos, sigue sin
estar libre del virus totalitario.
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